domingo, 8 de diciembre de 2013

Querida:



            Si pudiera dejar de pensar en usted me sentiría menos moribundo, menos estúpido. Si supiera cómo llegar a usted, dígame ¿cómo tocarla con estas palabras como una caricia que comienza en los ojos y termina en las piernas? Si estuviera aquí y usted también, todo esto no sería.
            La conozco muy poco, pero digamos que usted me pregunta que qué tengo, por qué no duermo, por qué fumo desesperadamente mientras escribo palabras sueltas, fragmentos de nada, de su rostro que jamás he tocado; podría ser que me preguntarás todo esto o que te quedarás callada e igual cuestionaras estas palabras, esta caricia que tiembla en tu piel como en el mundo.
            Bajaré a comprar otra cajetilla y un poco más de Whisky, ¿qué pensará usted? ¿Me acompaña, se queda? ¿Gusta que le compre algo? Me he imaginado bajando las escaleras y usted detrás de mí, desde esta puerta, gritándome que si vuelvo no me abrirá, o que mejor no vuelva, o que me trague la noche o la tierra ¿qué le gustaría a usted? Este imbécil sólo sabe amarla con todo el odio del mundo. Me desespero de usted, me arrepiento de todo y no dejo de quererla. ¿Se ha imaginado bajando las escaleras, ha sentido mi brazo tendido sobre su espalda protegiéndola?
            Comienzo a despedirme como quienes se han de quedar toda la noche mirándose. Nos vemos siempre. La quiero apenas comienza usted a alejarse.
                        Suyo,

                                   Eduardo

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