Ella me quiere, es obvio. Me
quiere y no me quiere, y me lo dice con una sencillez admirable. Un día saca una
libreta y con letras grandes y negras escribe mi nombre, aprieta más la pluma y
de tajo la deja caer sobre sus piernas; no pasa otra cosa, nadie pasa ni ella
misma pasa por mí en ese momento, pero yo sé que me quiere.
Otro día comenzando la visita
que nos hacemos cada-que-se-puede, le beso la espalda de la mano, lentamente
voy dibujando mis labios en su mano, ahí los dejo y ahora soy mudo. (No sé si
ustedes alguna vez han deseado más darle un beso en la mano a alguien que un
beso en la mejilla o en los labios. ¿Cuántas mujeres no han conocido que se
sorprenden cuando les besan la mano?) Cuando despertó de mi acto, obviamente
estaba sorprendida y callada y dirán ustedes que me quería mucho más pero esa
tarde, después del beso en la mano y después de caminar y detenernos a tomar
algo, entristeció. No puedo quererte, dijo, qué locura, es tan absurdo. Echó las manos para atrás, las escondió muy lejos de mí. Me convertí
en pared, en puerta, en ventana y quería que me codeara para entrar en mí, al
menos que mirara más allá de mí y se quedara. ¿Qué tratas de decirme? Era lo único que tenía, no sabía
exactamente qué decir. Ese día de la libreta, por cierto, anduvimos por ahí tan callados y contentos comiendo helado de galleta de chocolate y saltando las avenidas, persiguiendo sueños de nadie, andando todos
los caminos sin que nadie nos encontrará, pero no pasó mayor cosa; nos
queríamos y era bastante. Lo que escuchaste, no me hagas repetirlo,
bobo. Me llamó "bobo" con la misma sencillez que me dijo "te quiero" por primera vez. Vaya
situación, me entregué y me sale
con eso; y ahora lo quiero arreglar pero no sé cómo.
La quiero, estoy seguro
que la quiero, si no ya me hubiese ido cuando dijo que no puede quererme, que somos una locura, que somos absurdos. Somos, ahí viene el problema,
no somos nada, nunca pretendimos serlo, no queríamos arruinarnos el traje con
esas etiquetas que hasta salen caras y no duran por las lluvias que los hacen
lodo y a veces chicle que no pega y esta crudo, y ni hablar de los días con mucho sol cuando
se endurecen y cuartean (éramos sin ser y no lo entendimos). Ahora tendré que abrazarme fuerte a esta silla con lo
que me queda de esperanza, de sueño, con lo que queda de cerveza y del cigarro que tiene clavado en la boca. ¿Por qué siempre un cigarro? ¿Por qué no
palabras o mordiscos o cincuenta luciérnagas? El cigarro, siempre él presenciando las mejores escenas, el mejor trago, la mejor noche de nostalgia,
el último vistazo a la silla, a la esperanza. Ahora que me quedo descalzo y sin
camisa, que estoy ofreciéndome en ese beso-mano, a esa sonrisa tímida, seguro esta
nerviosa, no tengo que presionarme.
– Está bien, está bien. Estoy confundida, aterrada. Te tengo miedo y no sé cómo cambiarlo. Esto será algo de lo que me arrepentiré mañana y no dudaré en hablarte o salir a caminar sabiendo que te he de encontrar por ahí persiguiendo las fumarolas de humo o las historias que sueles escribir y será hermoso y será peor. También sé que te olvidaré, amor mío, que ese beso en mi mano significa todo, que mañana será todos los recuerdos que pueda tratar de retener y obtener, serás el recuerdo que iluminará los demás rincones de mi mente, cuando trate de hacer la cuenta mental de lo que bebí en el bar, que por cierto es un asco, me acordaré de ti llamando al mesero y susurrándole que es un idiota y cuánto se tarda, pero tú no serás tú el de ahora, si no alguien más ahí que sé que conocí de antes; esas cosas, tú me comprendes, tú sabrás descifrar lo que digo, lo entenderás mejor aunque con otras palabras. Si algún día recibo otros besos en el revés de la mano ahí estarás tú y este arranque estúpido de miedo, de terror, de incredulidad y será triste pensar en ti, pero me habrás enseñado tanto: el amor, las lunas, esas luciérnagas en mi boca y en el cuerpo, sabré lo que de verdad dice la noche y esas cosas saldrán de nuestros labios, del contacto de tu cuerpo y mi cuerpo, dos cuerpos llegados desde cincuenta o más años atrás, y después de una búsqueda irrefutable e irrepetible en una tiniebla-humo-de-cigarro saliéndonos del cuerpo, se encontrarán tendidos en completas infinidades de dos almas desnudas, y el terror y las cosquillas y el café de la mañana se olvidarán como se olvidan las muchas sonrisas que se ven en la vida, pero ese beso, jamás–.
Es que simplemente no puedo dejar de
pensar un momento. Es que ella me quiere y no me quiere y mi imposibilidad de
entender esta teoría de te quiero hoy y mañana no, me fulmina; pero se hace cada
tontería cuando no se piensa. Ahí
viene, se acerca, está llegando de golpe en el estómago, esa necesidad de
callarse de una buena vez, inclinar la silla y callarle la boca y el "no
somos y no podemos ser" y de ahora en adelante sentarnos a un lado, no de
frente, tomarla de la mano y besarla de mil formas diferentes, redescubrirla como hoy pero sin frío; le haría un té con estos labios para
tenderme en ella. (¿Tenderse en ella? Esas formas de decir que quiero verme en
ella sin estar ahí deberían ser más sencillas, uno podría mal interpretar "tenderme en ella"; que quede más claro para ojos necios y
pensamientos equívocos.) Las telarañas de este bar dan una mala impresión, te he
traído al peor lugar, con la peor música, con la peor gente y aquí me das la
peor noticia "no podemos ser"; no puede ser. No me miras, señal de
arrepentimiento o de nervios todavía, para mí que estamos jugando, que te metes
en mí solamente para encontrar algo que no tengo, para rascarme hasta que me
quede sin mí y un día, así tal cual como rascaste y me quedé sin mí, me quedaré
sin ti y será hermoso y será peor, andaré por las calles sin querer encontrarte
y yo que traigo todavía tu mano aquí en los labios y traigo la cuenta del bar
y el mesero estúpido, mesero, la cuenta por favor; ya nos vamos mi amor, no te
preocupes, esto no volverá a suceder, mira esa telaraña parece que lleva más de
cincuenta años aquí, gracias joven, vámonos, vámonos.
Nadie nos hubiera encontrado si
hubiésemos doblado una calle antes, pero tus chillidos y tus perdones se oían
hasta el otro siglo, hasta cincuenta calles atrás, cuando todos andaban a
caballo y se podía llorar a gusto debajo de un árbol y a nadie, a menos de que
fuera la causa inicial del berrido se ponía a preguntar; pero ya doblamos por esta
esquina y a lo lejos se ve que nos conocen, deberíamos regresar, hacer como
que se nos olvidó algo en el bar y volver, discutir en otro lado, mas bien
hablar, preguntarte qué tienes, por qué tanto lloriquear y perdones si no
podemos, no estamos aquí para ser (¿cómo ser, dónde ser, por qué ser?) total, qué va, no se puede. Ya estiraron la mano y yo te tomo cual flor con espinas de
agua y no quiero tocarte porque te me clavas, te me vas a quedar aquí con toda
esa tristeza que siempre cargas por el bar, por el baño, por la cama, y ni se
diga cuando hablamos de que nosotros no estamos hechos para nosotros, de que el
cuerpo nos queda chico, de que las lluvias se dan más en el alma que allá afuera (y
las vecinas reclaman el ruido y la música de Vivaldi a altas horas) pero ellas
no entienden las cosas que nosotros sí, todo eso es necesario, menos esto,
saludar a aquellos, no por favor. Hola, qué tal, sí sí ya nos íbamos, sí, con
su permiso, y sonreír y largarnos de ahí a un lugar más solo, donde tu voz sea
la única escandalera, donde tus lágrimas sean la única lluvia, donde tus ojos
estén más llenos de luna y de estrellas, más tus labios que ciudad, más cantos que
besos en nuestras bocas, y tendrías que llenarte de mí para calmarte y tendría
que escucharte en mí para calmarme; como acostumbras a no verme cuando lloras y
a mí que me encantan tus ojos rojos, chiquitos, brillando, preguntando y
arrepintiéndose...
Lector, repetir todo esto ahora de manera escrita y para ti me dejó agotado anoche. Cerré la
libreta y me eché a llorar como ese día, ah, porque lloré como nunca. Éramos la
lluvia y las luces de la noche, éramos la noche misma en nosotros y nosotros en
ella, estábamos ahí entre despidiéndonos y necesitándonos, estábamos inconformes
e incomprendidamente estábamos renunciando a nosotros. Jamás volvimos a vernos,
ni llamarnos, ni consultarnos para nada. Esa noche después de lo que dijo no sé
qué atine a contestar y ella echó a correr bajo la lluvia arrastrando esos
tenis negros que le agradecí jamás volver a usar, y no volví a verla. Encendí un
cigarro cómplice de todo momento y comencé a caminar. La brisa me daba en la
cara como cada palabra que momentos antes me dio el final. El suspiro no llegó, y si
salió de mí fue de alivio, de abandono de mí mismo, me dejo ahí como me dejé
en su mano, como arranqué y pegué en la pared enfrente de mi cama mi nombre a
letras negras.
Hoy no la espero, hoy es jueves y tengo frío en los píes,
termino esto dejando aquí la misma canción encendida, la misma
camisa que mojé, la de botones azules que tanto le gusta, dejo lo zapatos que
eché a perder por caminar hasta mi casa sin preocuparme de cuando pasó a mi
al rededor, sabiendo completamente qué pasó a mi alrededor: el choque, la señora pidiéndome
que la ayudará, el anciano que intentó cruzar la calle y fue atropellado, todas
esas desgracias me parecieron memorables, tenían de alguna forma que estar ahí
presenciando y acabando con esa noche de locos, de fantasmas, de lluvia.
Me
gustaría asegurarte lector, que algún día la volveré a ver, que la tendré
en mis brazos y que sabré a ciencia cierta que nadie más le besó la mano como lo hice yo. Dejaré este texto sin punto final, sin esos tres puntos que
anuncian la continuación de algo que vaya a saber uno si continua; dejaré
abierta la herida, el salón, mi casa y mi cama por si ella revive y me
encuentra de nuevo bajo estas letras (o ¿será que ella podría ser estas letras?). Me he ido ahora, estoy lejos de ti lector, y de ella, lejos de todos, y aunque andábamos los mismos caminos pero sin la intención de encontrarnos, sin el atino de encontrarnos, sin la mirada por ahí mal intencionada, como la
quería, lector, como la quiero, como la extraño y si tú sabes algo de ella que ya no
es pero que fue y que no será, dile que la espero
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