Qué contemplar ahora. Qué mirar si sólo están esas pequeñas luciérnagas flotando de aquí para allá y si me miran se encienden y si las miro se apagan, y tengo que ser muy cuidadoso si no quiero que se vayan; ojalá nunca se vayan. Me gusta como se ilumina toda la habitación con ellas aquí y el humo del cigarro a medio morir y la pluma y la hoja en blanco y nadie a mi lado.
Eran, sin ser exactos, las tres de la tarde y Lovlu pensaba en su habitación, encerrada, con un libro de Cortázar, música de Mono y una libreta sin abrir y una pluma que danzaba en su mano. Nadie en casa, con toda la libertad para hacer una parranda ella sola, andar semidesnuda por toda la casa y fumar sin ser descubierta desde el cuadro de su ventana, pero no, Lovlu esa tarde no quería hacer nada más que leer, escuchar y escribir, sin ningún otro sentido como ver o degustar, quería toda su atención en las hojas y en las notas, sin las pequeñas luciérnagas que tanto la acompañaron desde una noche anterior.
Sabrán ustedes que la noche anterior nos vimos, fuimos a un café y hablamos por un largo rato sobre temas que no tenían una importancia completamente extraordinaria, simplemente la servilleta sucia, mis manos en su rostro y la suplica callada de un beso. Sí, Lovlu siempre me ha gustado, desde que la descubrí en mis adentros, desde que tuve la impresión de verla en el autobús y en el centro, desde que no me acerqué a hablarle. Y ahora estábamos en el café, platicando, consintiéndonos las sonrisas. Lovlu comenzó a escribir estirando un poco los pies en la cama, sus piernas blancas y suaves sin calcetas hicieron una cruz en el aire y ella empezó a escribir mirando cada línea con el chorro de tinta entre los dedos. Tendré que ir temprano a casa esta noche, no podré quedarme a ver luciérnagas contigo, decía Lovlu mirando la mesa, mejor dicho el plato. Está bien, esta noche iremos a casa temprano. Me quedó el sabor amargo del cigarro y tuve que sorber del café, notarán que no querían decir que estaba bien, porque no lo estaba para mí, mucho menos hacer eso de irme temprano y dejar de verla y no ver luciérnagas. Sí, pero te tocaría llevártelas a ti, decía, en mi cuarto a veces hacen tanto escándalo y es bonito, lo sé, por qué sé que cuando hacen eso es porque piensas en mí y me dices cosas, pero, hoy no las quiero en mi cuarto, quiero dormir, pensar, leer, escribir, estar conmigo. Lovlu sabía que escribía lo correcto, que tenía la sensación de quedarse consigo misma pero al mismo tiempo tenía entre ceja y ceja al hombre que quería, sabía que lo quería, lo quería.
¿Qué podría decir? No tengo nada qué decir. Más bien, no quiero decir nada, si digo algo posiblemente estallaríamos y pelearíamos de nuevo como esa vez en la calle López y ella tendría que ir llorando a su casa y sin las luciérnagas y yo me sentiría solo de nuevo y un idiota y tendría que hablarle pero sería tan inútil como escribirle de nosotros, de lo que es y esta siendo. Bueno, me las puedo llevar yo, sólo por hoy. Sí, sólo por hoy, sólo por hoy porque no somos nada y quizá mañana me olvides, cosa que no quisiera. Lovlu seguía comiendo con lentitud como queriendo decir otra cosa, como intentando que el simple hecho de que ella comiera lento quisiera decirme algo o quería que yo intuyera que ella tenía algo que decirme en ese momento. Cambió la postura de los pies en la cama y las manos comenzaron a escribir un poco más rápido, después de la pequeña pausa hacía la ventana azul y las vecinas chismosas que manchaban la calle y los callejones con palabrotas y chismes, qué hastío. ¿Recuerdas ese día? ¿Cuál? El día de las luciérnagas. Sí, claro, como olvidarlo. Fue maravilloso. Sí, ahora son un fastidio. Lo dijo, sin más ni más. Creí que habíamos entrado en una perfecta complicidad, no eramos nada, no somos nada, pero siempre quise ser algo más, pero ¿ella quería? ¿De verdad? No lo sé, Lovlu nunca lo dijo, nunca me dijo que sentía algo por mí, aunque quizá lo demostró muchas veces (o muchas veces de esas fui yo fantaseando con su mano o su beso o su caricia o su tequiero o su nomedejes; quizá fui yo). Lovlu pausó de escribir, sintió un beso tenue en el cachete. (ojalá tú también lo sientas al leer este paréntesis), pensó un segundo más y continuó escribiendo. Esa noche terminamos el café y la cena en completo silencio, pero no en un silencio confortable, extenso, admirable, sino en un silencio completamente mudo, extraño, inagotable; Lovlu tomó el autobús de siempre en la misma parada de siempre con las luces en plena oscuridad como siempre, pero sin tocarme y sin besarme y sin sentir que las luciérnagas estaban ahí alumbrándonos como nunca antes. Aquí la tristeza ya era plenamente parte de Lovlu que miraba el cristal sin fuerza de la ventana y a una pequeña luciérnaga que quería entrar a su cuarto, la miró, la examinó y cuando a fin de cuenta estuvo de acuerdo en que pasará la tomó y la dejó ahí nomas en el aire, dejando que por ella misma fuera libre y comenzó a volar de aquí, allá, y acullá, sabía Lovlu que la pensaban y que la querían y que la esperaban, y siguió escribiendo. Las luciérnagas a fin de cuentas se quedaron conmigo, como esa vez en López y otra de las muy pocas veces que ella no las (me) ha querido cerca de sí. Pero, tranquilamente subí al autobús, y leí ante aquella tenue luz y ante la niña chillona de dos asientos atrás y las parejas enfrente de mí y el chófer y sus cumbias y la vida por ahí deteniendo la ventana y esperando a que amanezca supe que al día siguiente, al cuarto para las cuatro, enviaría una luciérnaga a casa de Lovlu para decirle amor y cantarle canciones que jamás se escribieron en su nombre.
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