domingo, 2 de junio de 2013

Tango de amor





Allá afuera están las gotas, siendo ellas mismas, viviendo una vida que no dudará hasta el amanecer. Que suerte tienen los charcos, ellos verán el sol junto al lodo, pero que difícil vida tienen, tienen que soportar a las personas y a los coches, qué hastío; por eso las gotas son más felices aunque su vida dure muy poco, unas horas solamente. A veces mi ventana es lo suficientemente nada para que yo pueda escuchar el llanto de las gotas, esa suplica al sol de que se oculte o a las nubes para que cubran el sol y las reanimen, les den poquito más de vida, absurdo. Me inspira muy poco que llueva, casi no escribo mientras llueve, fumo, eso sí. Como me gustaría fumar ahora mismo, tener esa fumarola en la boca y sacarla y verla irse, con esa nostalgia que me da cuando todo se acaba. Y ahí viene el primer recuerdo en forma de fotografía, en una frase: unión. Todo empezó aquella tarde de Julio, por supuesto, llovía. Yo no podía fumar pues no estaba en condiciones de hacerlo. Ese día tuvimos visita en casa, llegaba de muy lejos y después de varios meses Lovlu, me pareció más vieja y un poco sin ánimos pero igual me enamoró, antes era ¿cómo explicarlo? como un turrón de azúcar en la boca, demasiada dulce y demasiada tierna y un poco irresponsable pero siempre estaba cuando alguien necesitaba ayuda. Llegó temprano entre las diez y mi hora de despertarme los domingos. Yo aún seguían en bóxer y no quise apresurarme a saludarla así que tomé la calma y comencé a vestirme, mi madre vuelta loca tocó la puerta, ya se sonaba desde el quinto escalón ¡ya párate, flojo! etcétera, esa bonita costumbre de ser despertado por una voz tan dulce como un grito de mamá a rompe ventanas. Me apuré y salí. Ahí estás, Lovlu, ven acá y dame un abrazo. Lo correspondió. Sonreía. ¿Cuánto tiempo sin vernos? Era la conversación de rutina, ahora empezaría a hablar de ropa y me preguntaría sobre mis textos y otras cosas de literatura, nada usual. Me permitiría invitarle un café. ¿Hoy? sí, ahora, bueno, si mi madre no tiene ningún inconveniente de que me la robe toda la tarde y usted por supuesto. ¿Toda la tarde? ¡Qué tonto! Habré hecho notar esas ansías de mirarla de nuevo, de no verme tan gota y verme más charco y poder durar ahí con ella "toda la tarde" dije, y sí, dijo que sí. 



Llegamos al centro por ahí de la una de la tarde, conversaciones sobre el tráfico, sobre la música del rutero, bromas que yo había hecho antes cuando ella no estaba, ese frío en las manos cuando uno tiene nervios (o yo solamente, quizá.) ¿Qué tal cuenta el amor, eh pillo? Sonreí tímidamente. Nada, usted sabe estas cosas de la escuela, los textos, tantos libros que no he leído y quisiera, no me dan tiempo para pensar en eso. Pero vamos, ahora mismo vamos por un café, usted debería estar leyendo. Cuéntame ¿quién es la afortunada? No le diría, por supuesto que no, eso me convertiría en una gota y todo acabaría temprano, porque Lovlu siempre me importó, porque la conozco desde que tengo diez años y siempre me ha encantado esa dulzura con la mira y habla y camina, a los diez años mientras yo seguía ensuciándome las manos en el lodo, en los charcos y pisaba la alfombra y mamá me regañaba, ella ahí alado de su mamá con su vestido totalmente blanco, ancho, le quedaba precioso. Yo la miraba y era un querer acercarme pero empezaba la gritadera ¡Anda a lavarte, niño! y cuando volvía limpio era la gritadera ¡Ven aquí, es hora de comer! total, mientras estuviéramos en casa no podía acercármele. Ah, pero el cine, o el parque y los columpios y toboganes, eran otra cosa, yo lo recuerdo bien, quizá es como ahora que vamos en el mismo asiento del autobús, hasta atrás, platicando cómodamente mientras el aire le juega el cabello y ella sonríe. Los columpios, ahí le declaré mi amor indirectamente. Aquél niño que apareció un día y le dijo bonita, quieres jugar conmigo por ahí y le tomó la mano, jamás le pedí disculpas por los dos dientes que le tumbe, vaya toro, salió bueno para nada. Y ella me miró sorprendida, pero inmediatamente me dio la mano y me aquieto todo, me llevó volando hasta nuestras madres y ya no supe, no supe qué más pasó, sentí un trueno en la mejilla, una inyección mortal, una cachetada como la de Claudia cuando la corté en sexto grado de preparatoria, porque no la quería más pero, y ahí yo no sabía que eso también era el amor.



Llegamos y nos metimos sin más ni más al café, ella entró primero sonriéndole al mesero que se nos acercó para darnos una mesa y yo entré atrás de ella con un gracias y nos sentamos, mirándonos de frente hablando creo que de panques o lunas, no recuerdo. Van a pedir algo preguntó el mesero con su trajesito negro, bien pulido y bien planchado, a mí un americano y a la señorita un mocca, por favor, enseguida, gracias. Regresamos a las lunas y las constelaciones, recuerdos de infancia, fechas inconclusas, cartas a la mitad, la vez de los columpios.



- Yo te vi pegándole y no sé creo que pensé que no podía estar pasando algo así. No pensé que tú fueses capaz de tal acto.



Le sonreía, mas bien, comencé a sonreírme a mí mismo, para adentro, dándome ánimos. Por supuesto no le diría aquí de sopetón que fue por mí, que siempre había sido mí y mis celos de infante, sin ni siquiera haber sorbido el primer café o haber fumado juntos, no podía ahora, tendría que esperar un rato más.



- Sí, bueno, ya ves. Uno nota una injusticia y de pronto ¡pam!



- ¿De qué injusticia hablas? El sólo me invitó a jugar, me dijo bonita y me tomó la mano. Nada más. No sé dónde hay injusticia en eso,a menos que, me estés diciendo ¡fea!



Reíamos. Me guardé las palabras para después y el mesero me ayudó un poco, disculpe, gracias, dígame gustaría algún cigarro de nuestro colección, no muchas gracias, por ahora no. Era hora de otro tema así que hable sin querer de las noches que ella no me conoció mientras viajaba por la costa de Europa. Absurdo y muy buen cambio de tema. Comenzó el tango. Siempre nos había gustado el tango desde pequeños, recuerdo cuando tuvimos que bailar enfrente de nuestros padres y amigos, en un cumpleaños suyo, yo era "su mejor amigo" sin quererlo y tuve que bailarle, entrar y hacerle segunda, tomé su cintura: todo un cielo en mis manos, la miré a los ojos: ahí estaba el edén, pise su pie: y era nada más una nube que me cobijo con un ¡ay! pequeño y todos reían. La quise mucho más.



- Ya no me contestó ¿qué tal le va en el amor?



¿Por qué a Lovlu le interesaba tanto saberme eso? ¿Por qué yo no le podía mentir con facilidad? No le podía decir: nada, hace tiempo terminé una relación pero por ahora estoy bien. Eso sería muy estúpido y me contradiría después; o por ejemplo decirle: bueno, he salido con muchas chicas pero, tosería un poco estoy seguro, ninguna como usted, sería muy absurdamente romántico pero a ella le gustaría todo eso, como suene, así de sincero, porque lo es, siempre he tenido su imagen amada como una pintura adornando mi mente. 



- Me va bien, digo, bueno, por ahora estoy soltero y etcétera, pero...



- ¿Hay alguna interesada?



- Podría ser, quizá, no lo sé Lovlu, será mejor ir a la terraza a fumar un poco ¿no cree? Aquí el calor se encierra terriblemente.



Accedió con una risa inocente, quizá sabía que tenía que evadir esa pregunta o quizá se decepcionó porque esperaba escuchar que la amaba demasiado desde hace mucho tiempo, no lo sé, quizá todo esto ni siquiera es. Los tangos seguían en la terraza con una buena iluminación y con los charcos y las gotas aún vivas en el barandal, saqué el cigarro y lo encendí en su boca, el humo nos cubrió a los dos y sentí una caricia, una leve caricia invisible; la quise mucho más. Cada tango me recordaba su cumpleaños, no sé si ella pensaría lo mismo, quizá no, quizá demasiado. 



- Me gusta mirar la luna todas las noches, mientras fumo o intento concentrarme en una lectura. A veces me pongo a hablar con ella o con alguien más pero mirándola a ella, es una comunicación indirecta, usted me entiende ¿no?



¿Cómo no entenderte? me decía. Eso hice todas las noches desde que ella, ese día tan triste, se fue. Aquél día en la estación del metro, aquella última vez que le pude tocar una mano y después extrañarla al verla hundirse en esa esquina entre la puerta y el primer asiento. Todas las noches, ojalá me escuche mientras fumo mirando la luna, ojalá sepa que es a usted a quién yo le preguntaba y le decía y le pedía su opinión porque sabemos que usted y yo nos conocemos a tope, más allá de la lagunita o el lunar en el cuello, usted podría conocerme porque me ha vivido todos esos años de infancia y usted que a medíanoche, porque yo siempre le hablé a la luna de usted y confíe, ciegamente, en que ella se lo dijera todo, sin usar otras palabras, así tal cual salía de mí usted las tenía en esas cartas que jamás le llegaron en un sobre ni mucho menos firmadas, usted conoció mi adolescencia mejor que nadie y ahora que la tengo aquí, ya adultos los dos, mirando la luna juntos no me atrevo aún a decirle, no me atrevo.



- Sí, la entiendo.



- Pero de verdad. Yo tenía un balcón con flores purpura y unos cuantos arreglos más, y ahí salía y fumaba sin ningún pudor todos los tabacos que yo quisiera, la gente que pasaba y me veía y no decía nada, yo nunca los veía, si me distraía de esa carta que dictaba todas y cada una de las noches era solamente para encender o apagar otro cigarro, no más. Imagineme en pijama, a media noche, hablando con...



Se calló de golpe. Esperé otro nombre, lo sé, y ella lo sabe porque dejé de mirar la luna y la vi con unos ojos grandes, como si hubiese visto algo terrible y quisiera irme ahora que entró el temblor en mis piernas. Usted, dijo. No lo creo.



- ¿Perdón?



- Sí, con usted.



Lo dijo ¿de verdad pasó? siempre me había costado mucho comenzar una sonrisa pero ahí mismo, con esas tres letras y esa coma invisible que alcance a leerle no fue más que un ¡Slip! y a sonreír como si alguien me hubiese permitido después de un largo tiempo sonreír al fin, era mi sonrisa y después yo, pero ahí venían mis palabras, al fin también, venía una detrás de otra como lava saliendo, como un chorro de agua a presión, como una hermosa manera de decir te quiero cuando no se puede decir nada más.



- Yo también hable con usted cada medianoche, fumando, semi-desnudo, con la esperanza de que usted me escuchará y esa luna le pasará esa carta. Usted no sabe, Lovlu, pero yo le pedía a la luna que usted nos soñará, quizá en este café o en otro, en esta ciudad o en alguna otra, sólo pedía que nos soñará, tú sola, yo solo fumando, escuchando tangos o boleros e imitando las palabras de los enamorados. Y esa vez en los columpios, no soporté los celos, Lovlu, perdón, tuve que romperle la boca porque no permitía que nadie más le llamará bonita y quisiera quitarla de mi lado. Perdón por esa vez en el metro, Lovlu, la retuve tanto tiempo, pensé que perdería su autobús y usted con su sonrisa y el mango en la mano y el boleto en la otra y mi beso en su mejilla yo no sabía si usted volvería Lovlu o quizá encontraba a alguien mejor que yo y me olvidaba poco a poco, no quería eso, era un terror. Y hoy cuando llegó, ni siquiera tenía algo qué decir, simplemente se me ocurrieron todas esas cartas del manojo de la luna y teníamos que estar en este café, a esta hora, con ese tango que desconozco, con este aire de humedad y las gotas y los charcos y tu mano ahora...



y su mano ahora y el tibio roce de su sobretodo en mi mano descubierta, esa respiración que se agitaba cada vez un poco más, todas las luces en el fondo y en sus ojos y más allá, sentía como se evaporaba poco a poco su silueta en mis manos y comenzaba a calentar mi pecho, era algo fantástico saber que era ella quién venía a mí, venía de años, desde el otro lado, desde Europa y más allá, desde un viaje en avión y en metro todo el día, desde la sala de mi casa y el autobús que tomamos para venir hasta aquella mesa y aquella sonrisa al mesero y el café rápido, ella que venía desde el cigarro y el humo a su alrededor, desde el "todo el día" que le prometí, y al fin estaba ahí su labio y su manita en la mía, temblando, subiendo bajando, rompiendo curando, hasta que ya no había más de ella fuera de mí. 



- ¿Le importaría si pongo un beso aquí? me dijo, y lo dejó caer en mí, desapareciendo junto al beso y todas las gotitas.



     


No hay comentarios.:

Publicar un comentario