lunes, 3 de junio de 2013

Mucho más que amor




Siempre creí que eso de mirarnos a todas horas y en cada momento
era mucho más que amor.
Nunca le exigí vernos, ni muchos menos hablarnos, 
no la necesité en ningún momento, 
no la celé, no le mentí, no le entre puse nada.
Era ella ahí afuera de mí con todo lo que correspondía mío.
Siempre nos dijimos todo, mas nunca le dije que la quería
(esta carta siempre será el último signo de amor para ella.)
Creí que con mirarnos era suficiente,
con ese silencio abrumador y voraz era suficiente,
ese sorber y fumar 
y hablar del clima y de los pájaros, era eso,
nada más que eso. 
No le insistí que se quedará cuando se fue,
y no fue ningún síntoma cobardía,
no le dije: no hagas esto más difícil / ¿eres idiota? / no te vayas, por favor,
le permití todo hasta esa vez del parque que me tiró el agua encima
y gritó quién sabe qué cosas y se largó
(aún guardo la botella que me aventó.)
Ella no comprendía que mirarla me era todo,
que no faltaba menos, que no quería otra cosa,
que no me importaba si no hacíamos nada de provecho.
¡Era eso y ya! 
no era tan difícil.
Siempre creí que mirarnos desnudos, con todos los prejuicios asomándose
entre los parpados y las pestañas, y mirarnos en silencio en el café
por la mañana con su tardanza y mi paciencia, con su enojo y mi sonrisa,
pensé que todo ese desorden era mucho más que amor.
Pero jamás lo quiso comprender.


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