El
domingo 9 de Febrero fue el día más feliz en la vida de Josué, y ese mismo día
Carolina recordaba con nostalgia a su familia después de dos años de ausencia
desde su cabaña en Estambul mirando una fotografía donde ella y su papá habían
pescado un gran pez rojo que hasta cierto punto se le hacía exótico y al mismo
tiempo repulsivo, cosa que le hizo no querer verlo y querer dejarlo ahí libre
de nuevo, su papá reía por el suceso, por el asco de ella, por estar ahí en el
río tan libres y solos y eternos y momentáneos antes de que ella se fuera; en
ese mismo momento del mismo día, en las fronteras de Tijuana, Jorge salía hecho
una bala hacía el hospital donde su tía Juana necesitaba donadores, unos tres o
cuatro, no lo sé exactamente, preocupadísimo en su camioneta se encaminó sin
percatarse que en el parque a cinco cuadras de su casa una pareja discutía con
una sarta de manotazos y grandes vocerones que cubrían de espanto la iglesia
que a unas cuadras más adelante ofrecía la primera de tres misas para los
santos difuntos; ese mismo día Oscar se enteraba de que iba a ser padre por
primera vez, cuando al mismo tiempo, Karina le decía a sus papás que se quería
casar, y sus padres contentísimos le dijeron que quién era el susodicho, ella
dijo que don Arturo, el de la carnicería, que a esa misma hora, de ese mismo
días, estaba despachando a Doña Julieta en privado y en lo oscurito; esa tarde,
también, Eduardo viajaba en autobús y algo lo sorprendió, era la primera vez
que veía una mariposa amarilla así de cerca, siguiéndolo, como queriendo
meterse por la ventana que mantenía cerrada, o como queriendo decirle algo,
sonrío tanto al mirarla, al intentar, inútilmente, tocarla con su mano, pero
Eduardo no se percató de la señora que estaba siendo auxiliada por muchas
personas después de haber sido asaltada con un arma de fuego y en pleno
mercado, a las doce del día, hora pico para las madrecitas que salen a comprar
la comida y los niños, y los ancianos a tomar el sol y pasear por ahí; a esas
alturas, Doña Laura estaba persiguiendo a su sobrino desnudo con una pañal
limpio en la mano, gritándole que se quedará quieto cuando Anna le preguntó a
su mejor amiga si ella no había visto su novela porque no sabía dónde la había
dejado y su amiga le decía que ella no sabía, que de hecho nunca se la había
mostrado, cuando pasó Beto por ahí y su amiga de Anna se sonrojó y se escondió
un poco detrás de su mano y le pidió que guardará compostura, y lo miraron
pasar cuando Beto volteó hacía Anna, le sonrío, avanzó hasta ella ya con la
mirada acusadora de su amiga en la espalda, se saludaron de beso en la mejilla,
sonrieron varios segundos, aunque para su amiga era una eternidad, y Anna le
mostró su anillo o algo así, su amiga pensó que ya había pasado mucho tiempo,
aunque en realidad apenas unos minutos, Beto y Anna seguían como si nada
platicando, y platicando con risotadas y sonrisitas curiosas que su amiga
calificaba de traicioneras, pero, mejor se acercó y le dijo “aquí está tu
chingada novela”; ese mismo día, también, Carlos pintaba la que sería la última
pieza de su obra maestra a presentarse en Marzo, sacudía pinceles, traía agua y
bebía refresco de lata, se quitaba el sudor de la frente con un pañuelo, y
afinaba algunos detalles sobre el lienzo, lo miraba como sospechando de que
encontraría a alguien dentro, o que ésta se movería de una vez por todas, o se
terminaría sola, pero mientras él, afuera, en la calle, Estercita jugaba con su
pelota rosa a media calle y sin que nada ni nadie le molestará, ella solita
hacía los escándalos más grandes, las fiestas más ruidosas, y siempre se las
comentaba consigo misma, se decía que ella era muchas niñas en una sola, hacía
de todo sola: iba a los columpios sola, dibujaba sola, jugaba Stop sola y casi
siempre perdía, jugaba a los encantados aunque se le hacía un poco aburrido
porque siempre tenía que quedarse parada y sin moverse largos ratos, pero ella
tenía su propia final olímpica de fútbol femenil allá abajo, en el callejón que
daba directo a su escuela y también a un parque donde un anciano pedía dinero
porque no tenía piernas y se arrastraba un poco y veía a todos y algunas
personas –tan buenas personas— le daban monedas, unas pocas, y él les decía –como
podía y a veces no podía— que gracias, que dios se lo pague, y en ese momento
el gol que gritó con todas sus fuerzas porque era el del triunfo, mira nada
más, ella sola acaba de ganar un mundial olímpico y nadie asistirá a festejárselo,
entonces el pintor se asoma a callar a la niña, la niña mira al pintor
histérico como queriendo decirle algo y ella sin nada más que recoger su
pelota, festejar un poco más en silencio, llegar al punto penal, mirar la pared
de Doña Consuelos y decir “ahora sí, con este aseguraré el triunfo”, tirar con
todas sus fuerzas y quizá un poco chueco pero digamos que no tanto y al final
otra vez el grito de gol y el pintor y el lienzo que se mancha de sudor y todo
se acaba ahí porque ese día fue el más feliz en la vida de Josué que por fin
curó su cáncer.
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