domingo, 24 de marzo de 2013

Relato uno

No es para tanto, repetía el Viejo Gabriel, todo toma su curso tal cuál es, no como nosotros quisiéramos que fuera, ni aunque creas que tú tomas la decisión de qué camino seguir, que equivocación pensar que uno tiene el derecho a elegir su destino, qué peligro, qué descaro; ¿puede cambiarlo? quizá sí, por un rato, pero después de tanto uno siempre regresa a dónde va, aunque no lo sepa. Y ya entonados en la segunda cerveza, el Viejo Gabriel tomó su guitarra. Esta canción es para ti, amigo mío. Y comenzó a cantarme aquella canción que tanto quise. Canta conmigo, me invitó el Viejo Gabriel. No me la sé, mentí. Tenía el trago atorado en la garganta o qué sé yo lo que tenía. Lo callábamos pensando que el mundo seguía adelante, porque nunca me decidiría soltar, continuaba el Viejo Gabriel. (Me gustaba mirar sus dedos ágiles yendo de arriba a abajo con cierta rapidez, trataba de intuir su siguiente movimiento para que su voz no se metiera en mí y me hiciera llorar, cuantas ganas teníamos de llorar mi amor ¿te acuerdas? y tan rápida y tan distraída y tan hermosa te veías. Miro las cuerdas, no te detengas Viejo, no te detengas, no quiero llorar.) Y mira, que queriendo como bien te quise yo quien se viene hoy a marchar, seguía. (Al menos ella me amó, así me doy ánimos, al menos pasó y fue. Qué bello era y es ahora qué no estará. Yo la quise. Yo la iba a dejar ser la única. Pero sí fue la única, al menos por un tiempo lo fue.) Pero cierto es que decir ya no te amo prolongo una despedida que emprendiste tiempo atrás, aquí dejé de verlo, tan nublada tenía la guitarra, las cuerdas, mi vista. Y se apagó la noche de verdad. Y con ella me encamino en esta noche sin luciérnagas que se abre con las llaves de tu nombre, sentenció el Viejo Gabriel. Y yo ya no estaba para aplaudirle, ni mirarlo, ni llorar con él.

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¿Cómo te va, Jaime? Hace tiempo que nadie sabe nada de ti. Desde aquél día que te fuiste sin despedirte del Viejo Gabriel.
- Sí, bueno. Tú sabrás, uno vive en una época donde sino te mueves te matan. Y no, no pongas esa cara, no ando en malos pasos. Es simple, tenía que buscar otro trabajo.
- ¿Qué ya no pagaban bien ahí dónde estabas? 
- Sí, bueno no. La paga era buena, la compañía no.
- Ah, problemas en el trabajo. Normal.
- Sí, algo así y no tan normal.
- ¿Por qué lo dices?
- Digamos que, complicaciones de mujeres.
- ¿Te enredaste con la Secretaria del Jefe y ahora tienes miedo a que se entere?
- Jaja. No digas tonterías, jamás haría algo así. Todos en la oficina sabemos que Pita, la secretaria del jefe, es intocable. Esa rubia ojo azul sólo se acuesta con tipos con salario mínimo de diez mil al mes.
- Jaja qué pilla. ¿Entonces, amigo, qué te aflige tanto?
- Ay amigo, nada más de acordarme. Tú puedes pensar y decirme lo que quieras, eres mi amigo y te daré esa libertad. Todo empezó aquél día que yo la vi muy de frente leyendo en una reunión con colegas algunas cartas que ella había escrito para algún alguien de tiempo atrás. La veía reír, pedir disculpas, tocarse el cabello y reacomodar el micrófono, es linda en verdad, muy linda. Aquél día, en aquella reunión, yo iba acompañado y ella también, supongo que un amigo o algo así, no sé, ni quiero saber, pero no me acerqué aquél día, sólo la admiré mucho y, no sé quizá sólo son mis deseos íntimos de enamorarme de alguna artista, alguna fotógrafa o pintora o escritora, como ella, como muchas. No te rías, es algo muy cierto. Ok, ok. Continuo. Así que esperé hasta verla de nuevo, al otro día, en la oficina. Y así fue. Llegó con una blusa lila y unos jeans, por cierto, los jeans que tanto me gustan en ella. La vi desde que llegó, no me perdí ningún detalle. Saludó a la cajera, a la recepcionista, a su mejor amiga en la oficina, a la chica de los chinos, a mí. Buenos días, Jaime. Sonreía. Buenos días, Señorita. Y se fue a meter a su escritorio. En todo el día, hasta las seis que es la hora de la salida, jamás de los jamases le quité los ojos de encima y ella lo notó una o dos veces cuando despegaba sus ojos del monitor o de la revista o del café con dos cucharaditas que tenía en su mano, yo nada más ocultaba los ojos en mi lápiz sin punta. 
- Bueno, amigo, sin detalles. Vamos al grano, por favor, que me espera mi morenita en casa para la cena.
- Está bien. Perdón, amigo, perdón. Notarás que me emociona mucho hablar de ella, bien que lo notas, pero ya no importa más. Se acabó amigo. Salimos: medio año. Así de rápido fue todo. Ella siempre me dijo que no quería una relación y bueno, lo respeté siempre, pero cuanto quería yo que ella me tomará como su amor, como un noviazgo tan formal como evidente, algo fuerte, así como tú y la morenita ¿cuánto llevan? ¿tres años? Felicidades, me alegra de verdad. Pero yo, por mí, para mí nada más, para mis adentros, yo la quería. Y se lo dije, se lo dije tantas veces y de tantas maneras posibles. Amé cuando me leyó, amé que me escribiera, era lo que yo siempre he querido y ella lo hacía. Pero un día amigo, un día, todo terminó para mí. Yo lo sentí así, tal cual como una traición, traicionó la relación que teníamos.
- pero, dijiste que nunca fueron nada, nada hubo, no hubo nada, eso dijiste.
- Para mí sí. En el camión una vez, en el callejón otra, ahí estábaMOS, amigo. Eramos nosotros sin nadie más. Qué bello era. Ella era un papalote en mi mano y tal papalote siempre le arranqué sonrisas sin merecerlas de lleno. Siempre fui paciente, sabía y tenía la esperanza que algún día ella me querría como yo a ella, pero ya ves. Desde aquella vez que mi papalote fue echado a andar por otra mano, yo dejé de creer. Tantas veces la vi amarme bajo una farola, en un beso pausado, de aquellos que tanto me gustaba darle. Ahora está mejor, creo. Con alguien más, eso es bueno. Ella jamás se ha encontrado, no sabe qué lado de la mesa le toca, qué juega, qué papel merece en la vida. Ojalá y lo haga pronto amigo mío, ojalá encuentre lo que anda buscando, aunque sinceramente creo que ni busca nada. No la odio, estoy decepcionado de su vida. 
- Qué palabrotas amigo. Qué palabrotas. ¿Y ya no la quieres? Digo, algo así es muy malo, muy terrible. Ay, si mi morenita me lo hiciera ¡me muero! Yo la amo tanto y ella me cocina y me plancha y me lava, es hermoso verla tan enojada y preocupada de que hoy o mañana no vaya yo a llegar borracho. Mi morenita, tan bella ayer con su nuevo fleco. Tendrás que irnos a visitar, en la casa se te extrañó tanto. El Viejo Gabriel anda muy triste, muchacho, cree que por él tú te fuiste, que no tuvo que haberte tocado aquella canción, tú sabes, mi Viejito siempre ha sido así de triste. Ojalá un día vayas y lo reanimes, mi Viejito ya anda en la últimas. Ahí te encargo, Jaime. 
- Ah, tendré que visitar a mi Viejito. No sabes como extrañé a todos, a cada uno de ustedes, extrañé el cigarro y la cerveza, las noches estrelladas, la silla rota de Juanita y los ocho discos clásicos de mi Viejito, pero ah lo que más extrañé fue la risita inocente de mi bellísima Azul, nada mejor que su sonrisa para reanimarme y no morirme más. Estos días solo, completamente solo, sin alcohol ni cigarros, sin ustedes, sin música mas que la de la ciudad, sin nombres ni sábanas con su perfume, sin reproches, sin el callejón, sin la oficina, sin todo lo que era yo con ella, me ha hecho bien. Incluso, amigo, y no sabes como me arrepiento, dejé de escribir. Escribía algo y si era ella ahí hecha garabato tenía que ir directo al cesto de basura. Podrás notar que no quiero nada, nada de ella, absolutamente nada. Si regrese fue para cambiar mi vida y empezaré por cambiar de trabajo.
- Ahora entiendo, Jaime. Y que bueno que haz regresado. Me da mucha alegría por ti, creo que ahora todo saldrá mejor. ¿Y qué harás? ¿Dónde te quedarás? ¿En la vieja choza? No creo. 
- No, estaré en un hotel hasta encontrar trabajo nuevo y poder conseguir alguna casa nueva y rentar aquella. Hay que alejarse de todo.
- Entonces ¿tampoco irás al callejón?
- Tampoco exageres, sé que la extrañaré tanto cuando no vea su mano en mi mano a lo largo de la calle, pero tampoco puedo negarme a no pasar por ahí. Me gusta mucho ese callejón y más de noche. 
- Te veías tan contento en aquellos días, Jaime. Pero está bien, espero encontrarte pronto y que pronto nos visites. Ya sabes dónde está tu casa. 
- Gracias, amigo. Pronto iré. Por ahora dile a mi Viejito que ya estoy de vuelta, que iré a verlo en cuanto pueda. Muy pronto. 
- Perfecto. Cuídate Jaime. Qué estés mucho mejor.
- Gracias. También tú.
- Adiós.
- Adiós.





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