viernes, 26 de abril de 2013
Extraños
Era una tarde de Abril oscura, lejana, más lejana que oscura, las nubes no parecían ser el cielo, sino estar detrás de un cielo azul / nublado, con una sol / luna color blanco. La gente parecía más cómoda de lo normal, llevaban una sonrisa colgada en el rostro, y todos útilmente y al fin, llevaban algún libro bajo el brazo dispuestos a sentarse bajo aquél bellísimo cielo tras nubes en la primera banca desocupada o con un poco de espacio o el suficiente y sentarse y leer y vivirse. Hombres, mujeres, niños y ancianos en los parqués o en cualquier lugar cómodo, sin tantos coches o señores trabajando con un sudor que llenó algunos libros de ácido, pero la gente no enfurecía, el trabajador fuera de todo libro pedía una disculpa y el libro afectado y la persona simplemente cabizbajeaban al hombre y seguían de largo.
Entonces vi a dos poetas a grandes voces expresando versos que les salían de los bolsillos, escritos en mariposas que salían de ahí mismo y todas esas revoluciones de mariposas y algunas luces y otros soles que crearon notas musicales y versos y cuentos y héroes se pegaban a los árboles y edificios y todo lo que vi ya no era lo mismo, no es lo mismo, no será lo mismo, y empecé a sentirme extraño de todas las cosas y ellos comenzaron a ser multiluces destellando por los ojos lo que tanto conocían.
Pensé que toda esta revelación de gente leyendo por todos lados, menos algunas secretarias y funcionarios, albañiles, doctores, etcétera, con los que también me sentí extraño, era parte de algún festejo o extraña tradición que apenas había empezado; pero todos los demás leían afuera de su casa, al aire libre y con una libertad propia, con una levedad y una atención a todo lo que sucedía y casi todos expresaban lo que leían, así de simple, y cambiaban el mundo que se les mostró desde un inicio, ese que papá o mamá o ambos dejaron para cada uno, lo cambiaron, pero tampoco ese mundo será el que dejarán para sus hijos, ni sus nietos tendrán el mundo que estos hijos dejen, y etcétera.
Vi a una señora por ahí saltando de un lado a otro como intentando volar, con un gesto de felicidad extrema y tratando de explicarles a los demás que ellos también podrían, por su mano elevada al cielo sentí que estaba imitando a Mary Poppins con su paraguas; también vi a un señor imitando la postura y el vaivén de una espada de un guerrero, descubrí que leía el Mio Cid y reí disimuladamente pero aunque lo hubiera hecho en una carcajada impresionante aquellas personas jamás hubieran sabido de mí.
Regresé a casa.
No sé si debí reírme de ellos o llorar por mí. Porque yo no estaba leyendo nada, quizá, estoy escribiendo esto y además estoy en mi casa, en mi mesa café llena de botellas de agua sin un sólo líquido dentro y unas papas y unas flores de mi mamá y no estoy allá afuera con todos ellos descubriendo mundos y olvidándose de éste que es mal empleado y mal vivido, se están salvando a sí mismos y yo no estoy allá afuera, ni leyendo, pero quizá escribí que los vi y que están existiendo.
Suscribirse a:
Comentarios de la entrada (Atom)
No hay comentarios.:
Publicar un comentario