Y a mí me gustaba quedarme solo, llegar al refrigerador totalmente vacío y hacer como que busco sin buscar nada en específico. Así ha sido toda mi vida, pensé, siempre estoy dando vueltas, de ida y de regreso, sin saber exactamente por qué o para qué. A veces me quedo quieto en un lugar, por mucho, inútil e ilógico tiempo, nada más viendo como los demás son felices, como en las esquinas se besan y despiden, como antes de cruzar la calle se sonríen fríamente como esperando algo o pidiendo algo. Los miro en el autobús camino a casa, señoras odiando su vida sin lujos ni privilegios, señores renegando del tráfico, incómodos, solos, terriblemente irritados por el jefe o el trabajo en general tan aburrido y monótono, deseando que se callen todos para poder respirar abrir las ventanas con un manotazo largo. Miro a los señores de tercera edad en las bancas del parqué quedarse tristes, mirando a la juventud indiferente llenando los parqués de patinetas y balones, espantando a las palomas o metiéndose en las fuentes, ensuciando lo único que los señores desean mirar, sin ver nada más que los vagos recuerdos que desfilan su ayer.
Llego al sillón y me siento largas horas, cuando estoy amargamente triste o enojado, agarro una almohada y grito intensamente, hasta que la vecina o el vecino tocan el timbre y tengo que pararme buscar una camisa y un short y salir como de costumbre, sonriente y amable, a menos de que sea el vecino del 32, ése viejo si toca es solamente para pedir alcohol o dinero, cualquiera de las dos, a ese señor toda la privada ya lo tiene fichado, si se acerca a alguna puerta rápido saben que pasará a todas, si lo miran en la esquina, arrumbado, tirado, sucio mínimo le echan una miradita, preguntándose si estará vivo o si al menos respira. Qué pena por él, se quedó solo y se refugió en el alcohol, pero ¿cómo no? si su esposa era de las mejores personas que conocí. Recuerdo el día en que mis papás me dejaron solo por primera vez, yo tenía 6 años a lo mucho, no sabía qué hacer, estaba asustado y comencé a llorar. Creo que ella pasó por mí casa cuando más intenso fue mi llanto y tocó el timbre, así que tuve que limpiar mis lágrimas y ponerme unos lentes oscuros de mi madre que, por cierto, me quedaban grandes y abrí. Ella me miró interrogante, tenía una risa chiquita en los labios, creo que le pareció gracioso mi aspecto como de mosca gigante; me preguntó qué si todo estaba bien y apretando los dientes, de miedo, dije que sí, ella tan sabía y tan buena como todo el tiempo que la conocí desde ese día hasta el día en que murió, dijo no creerme y me dijo que tomará las llaves de mi casa y tomará mi tazón favorito y que ella me esperaba ahí en la puerta. Fui y regresé lo más rápido que pude, dejé los lentes en la mesa y salí hecho un rayo. Fuimos a su casa, conocí a su hija menor y a su hijo mayor, ella tenía 7 años y él tenía 10, dos niños de tez blanca, ella como la nieve, ojos claros los dos, altos, ella estaba de mi estatura más o menos, tenía el cabello quebrado color castaño, unos ojos grandes y buenos, tenía una muñeca vieja en el brazo derecho y yo, sentía que la quería. Me dio cereal junto a sus hijos, desayuné con ellos y me sentí muy feliz platicando, metiendo mi cuchara en el plato de él y él lo hacía en el de ella, nos llevamos tan bien desde ese día que jamás olvidaré. Después de desayunar, fuimos a la sala, ella él y yo. Él me mostró su coche más nuevo. Me los trajó mi papá del Df, me decía, es lo más nuevo en el mercado, mira, ten, te presto éste; y con su mano me alcanzó un carrito verde sin techo, ni vida, tenía unas letras grabadas en el estómago y yo le encontré una sonrisa al frente. Y me senté a jugar con él. Ella estaba con la señora del borracho que ahora está todos los domingos por la mañana tirado en la esquina de la privada, le estaba enseñando a coser, un dos tres, le decía, y hacían piruetas con las manos, un vaivén sensacional el de la señora y torpemente ella trataba de imitarla. Yo no le quité los ojos de encima, a mí corta edad, muy corta, seis años es muy poco (y ahora a mis veinte, ni se diga, más corta edad todavía) ella era la segunda mujer que no podía dejar de mirar, la primera fue una chica en el supermercado, iba de la mano de su mamá y llevaba una coleta en el cabello, la quise unos diez o quince minutos, al irme del supermercado, la seguí pensando hasta que llegué a casa y entré a mi cuarto y jugué con mis muñecos a duelos de muerte entre terrícolas y extranjeros y quedé dormido sin pensar más.
Así varios días la señora me invitaba a su casa o sus hijos me buscaban en mi casa y me dejaban recaditos, después mi mamá se hizo amiga de la señora y estuvimos frecuentandonos varios años, tuvimos varias cenas de navidad y años nuevos aquí en mi casa o en la suya, y yo cada día quería más a su hija mayor. Hasta aquél día, el día en el que la señora no buscó a mamá y sus hijos a las 3 de la tarde no salieron a jugar, cuando toda la privada estaba completamente en silencio y mamá tenía la boca llena de dientes y los ojos llenos de agua, yo no comprendía nada, todos estaban cabizbajos y nadie me decía nada, sólo me dejaban hasta atrás de la fila mientras las señoras y señores murmuraban algunas palabras, así que busqué a sus hijos entre el tumulto y nadie me dio razones de ellos, no estaban, se había ido, alguien se los llevó. Así que volví a mi casa, solo, solo porque mis padres estaban velando a la única señora que me acompañó cuando me abandoné yo mismo, cuando dejé de sentirme seguro, cuando la casa me sonaba a nada ni a nadie y desde ése día, aquél señor no volvió a saber de sí.
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