miércoles, 24 de abril de 2013

Tío Suárez II


     Después de unas horas de viaje el fin llegamos, ansiosos y callados queríamos llegar antes de que el atardecer apareciera en los puentes y en la costa, queríamos analizar poco a poco el anochecer mientras comprábamos un helado y nos besábamos poco a poco con las bocas frías sabor galleta; mientras bajábamos en desorden del avión nos golpeo esa tristeza impregnada en los papelitos y carteles con nombres que jamás se repitieron, ahí sentimos el primer contacto con la soledad, esas caras largas de felicidad, esos rostros de años que no se vieron y de alegrías que habían sido robadas por un viaje de negocios o simples vacaciones, estaban ahí gritándonos las soledades que teníamos al arribar al aeropuerto y posiblemente en toda la ciudad, pero tú me invadiste el brazo y me llevaste hasta el mostrador de una pequeña tienda de Helados y comimos ahí mirando con cierta discreción a los que aún esperaban. 
     Llegamos a la hora justa, eran las cuatro de la tarde y teníamos un calor endemoniado, querías ir a la playa a gozar el primer día, pero teníamos que buscar dónde pasaríamos la noche, tú dijiste en la playa y yo reí ingenuamente, no estabas bromeando. Recorrimos un pequeño callejón donde un gato peludamente gris saltó desde la esquina sobre de mi pantalón y arañandolo y ensuciandolo y mientras yo bailaba tratando de quitármelo  tú emocionada y feliz, llena de alegría o de lo que tus ojos entonaban alegremente en silencio mientras mirabas pacientemente el color rosado de la luz contra la azotea del edificio que teníamos en frente; extraño al Tío Suárez, ese gordo borracho nos hace falta, me decías y yo seguía batallando con un gato al cuál nombre Mot y pesqué y llevé a casa con nosotros. Seguimos andando por las calles mirando a toda la gente curiosamente y pensábamos que nadie se parecía al Tío Suárez, nadie tenía ese aspecto y esa razón de no saber qué están haciendo y nos entristecía un poco, así que, para no amargarnos el viaje tuve que entrar a una tienda y comprar un saco negro para todo el cuerpo para cada uno y nombrar al tuyo Tío y al mío Suárez y sentirnos más juntos, más seguros, más solos. 
     La costa estaba repleta de turistas y nosotros eramos unos más del montón pero no queríamos aceptarlo, así que te dije, mejor vamos a comer y regresamos con un tono agrío, pero tú mirabas ya de hace años el mar y apretabas mi mano para que no me fuera, entonces, recordé a Tío Suárez cuando me dijo idiota y que ni de broma lo pensará, y henos aquí, sin pestañear; ya dejé de pensar en comida todo el tiempo o en donde dormir, dejé de preocuparme por cosas como la soledad, la tristeza y nuestra seguridad o estar juntos, sólo me importó, aunque sólo fueron unos minutos antes de que el sol se ocultará por completo y decidieras al fin ir a comer algo, eras tú y el mar, eras tú el mar, eras el espejo del mar y lo abarcabas con un brazo o un ojo, al fin eras tú en todas tus extensiones, inmensa, grande, estabas más allá de cualquier persona, lo supe al mirarte cada segundo, sin pestañear y sin pensar en el Tío Suárez o en el saco que me quité hace unos minutos y sin escuchar a los niños que gritoneaban y los flashazos de los turistas y a los perros ladrando (no sé por qué había perros a esa hora en la costa, pero había) y ahí supe que todos tenían razón cuando dijeron que no tenía que quedarme callado y cuando a mí mismo me dije que todas las horas y todas las cervezas y todos esos textos raros que anotaba en una pequeña lista sin nombres y todos esos paseos entre callejones y parques y zócalos y estaciones y centro culturales y los paseos en tu mano y en tus ojos y los que no había conocido hasta hace poco, y todas las horas de lectura y estudio y del café y de los amigos y del cigarro, cada pequeño instante de acciones serían para ti. 

El Tío Suárez estaría orgulloso de nosotros, decías mientras enrollabas en el tenedor un poco de espagueti  él  nos habría apoyado en esto, ya desde hace años él quería que nos tomáramos un tiempo para nosotros solos, alejados de nuestras Tías que sólo intentaban alejarnos sin decirnos nada; sabes, lo extraño mucho, a veces, algunas noches no todas, él pasa por mi mente y me dan ganas de escribirle y enviársela a su dirección y que nos responda y nos diga que está bien; a veces en el día mientras espero el bus o cuando estoy contigo y te beso, pienso que el Tío Suárez nos apoyó desde el principio, ahora lamento que no pueda conocer Montevideo desde nuestros ojos; comías tan lento y tan triste, más lo segundo que lo primero, pero eran más tus palabras que los bocados dados, tenías las ojos hinchados del llanto y del Tío Suárez y a mí no se me ocurrió decir nada. Ojalá algún día leas esto y si es así: no estamos solos.






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