viernes, 10 de mayo de 2013
Anécdotas consecuentes
Día cuarenta y dos, quizá un poco más o un poco menos, no quiero ser exacto. La chica que me gusta comenzó a lastimarme, pienso que debería alejarme (alguien golpeó la puerta, quizá saben mi secreto), sé que debo y lo he pensado, por no decir que sucedió o temo que suceda. Nos vimos o nos veremos en la calle Carlot, justamente en medio de la calle, con el alumbrado un poco más inclinado a la izquierda, eso me pareció muy raro pero sin una importancia relevante, ansioso la esperé unos minutos, poco tiempo, no somos personas impuntuales. Blusa blanca y jeans, llegaron a un compás de pasos impresionantemente lentos, pero su sonrisa, turrón y cielo, llegaron antes, en el olor en el viento en el tacto con los míos (otro golpe, debería preguntar quién es), habló de una tardanza que jamás supe cuál fue, quizá ella quería llegar cinco minutos antes y no al ras o dos minutos tarde, noto que me quieres, pero no es correcto querernos, y caminamos al primer bar al doblar la esquina. Pedimos y comenzamos a hablar de algunos temas de hace días, reíamos, bebíamos, nos miramos, evitábamos hablar de lo que no podíamos evitar hablar, claro que de niño todo era diferente, sí ¿cómo fue? quizá tuvimos tanto en común, no lo sé, las costumbres de esos pueblos de dónde vengo son tan extrañas ahora que lo pienso mejor, podrías decirme una quizá sea lo mismo pero diferente, por ejemplo, a la butacas de los alumnos los marcaban con colores pero esto venía desde los alumnos a los mismos alumnos los maestros y directores veían las marcas pero no decían nada, una marca blanca en tu butaca era algo así como ser de chocolate, nadie te podía tocar porque se las vería con los bravucones del salón esto siempre aplicaba con las niñas bonitas del salón y los nerds, ¿a caso ustedes no podían llegar al salón y sentarse dónde quisieran?, no, los lugares ya eran asignados desde el principio, interesante, continúa, el color verde casi siempre era para los chismosos, ellos dentro del pacto del mismo salón eran los que avisaban cuando viniera el maestro o el director o algún prefecto, el rojo era el peor de todos, sabíamos que las butacas rojas eran los primeros en ser golpeados, eran los dejados, los que no se defendían, muchos de ellos pacifistas, qué cruel, ¿tú qué color tenías?, temblequeé, sabía que llegaría una pregunta así de incómoda y yo no sabría como decirle rojo y que ella no se empezará a reír o prefiriera irse, ¿vas a pedir otra? salí por lateral. Pedimos otra ronda, la noche no era problema, al menos por ahora no, dentro de una hora o menos lo sería, comenzó ella y todos cantaban a su lado y borrachos, decía riendo y manoteando un poco, muy poco, suave y lentamente como esas caricias que ponía en mi mano cuando estaba apenada, ¿y tú qué hiciste?, nada sólo los miraba, seguíamos riendo, saltándonos el tema, sin hablar de que no era justo querernos, (y otras vez tocaron, y el presentimiento de saberme descubierto me dolió un poco más), como ahora que ella dijo te quiero y yo sonreía y bebí otro poco, más rápido, como simple agua, no sabía responderle y ella miraba mis manos cerca de mi boca, miraba la cerveza y las gotas que se le impregnadaban a la botella, gotas grises, gotas tristes, gotas siempre atemporales, tenemos que hablar de algo que me acongoja desde hace unos días, se sorprendió, dejó de beber, dejó de mirar (y volvieron a golpear), dime, te escucho, sus ojos atentos, lunas llenas, diamantes de agua, me miran, no puedo decir tanto, no sé por dónde empezar, siempre me ha costado como intentar sacarle un pequeño multicolor al espejo roto en la cocina hablar de lo que siento, me gustaría decir que te quiero (golpe) pero (golpe) no es correcto (golpe), silencio incómodo que retumbó en cada cuadro del bar, en cada mesa, en cada cerveza del lugar que se quedó sin alcohol, todos comenzaron a irse poco a poco, nosotros no, todavía no, no te entiendo ¿estamos bien?, sí sí sí, tartamudeé un poco, claro que estamos bien, más que bien, pero no es correcto, repetí (un golpe movió la foto del escritorio) ella seguía mirando a las dos bailarinas que no paraban de moverse, ¿me quiere o no? (golpe más quedo) sí, te quiero, pero no debería. Un golpe más y entraron, al parecer todos saben lo que hice y ahora las consecuencias, un abrazo, una noche más de alcohol, una fotografía, el insomnio, una tras otra irán sucediendo, como aquella noche dónde de tanto pensar no pude dormir, otra vez, y otra, vamos, las consecuencias empiezan ahora y el cigarro se acaba solitariamente en el ombligo de la luna.
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