Siempre
llega mi mano
más
tarde que otra mano que se mezcla a la mía
y
forman una mano.
Oliverio Girondo
Una
persona se encuentra un papelito en la calle y lo levanta. Después de posarlo
en su mano y dudar abrirlo, lo abre. Un pequeño parpadeo que no le hizo quitar
los ojos del papelito nos llevo del árbol a la luna, de la banquita azul donde
a veces se sientan dos ancianos y comen pan dulce con helado a la casa de su
última vecina. Otro pequeño parpadeo y ahí los niños y los regaños de mamá
Betina, el escupitajo en el cristal del coche del Tío Berng cuando Tío José descarga
su enojo porque alguien desparramó las hojitas de otoño que había apilado. Otro
parpadeo ahora, una cama vacía llena de lodo y buenos recuerdos, dos danzando
con una música ligera que apenas les llenaba hasta el codo con la copita de ron
y los dos anillos en el aire. Después la pregunta si todo está bien, definitivamente
nada está bien, mirarlo y pedirle que se siente, definitivamente no puede
sentarse. Ahí va una tortuga con el caparazón roto, llorando porque desbarató
un poco más que su propia casa. El mar a espaldas de Lucía con su cerveza de
raíz en la mano y los bonitos aretes rojos que nadie, porque así le decía a su
novio cuando mamá le preguntaba a la hora de la cena y todos más callados
estaban, y nadie por aquí, y nadie me llevará al cine, pero iremos a ver a
nadie y después regresamos, pasará por mí a las ocho. Ande señor, tome asiento,
pero no entendía que no se puede, que es inevitable con todas esas imágenes
fluyendo como gotas de lluvia cayendo sobre los hombros una tras otra hacía la
muerte, definitivamente eso no era la muerte, sino otra señal de vida. Otro
parpadeo y todo quedó en parís, siluetas largas y grandes trajes con cigarros
en la mano por las calles, ahí va el Ponts de Arts con sus enamorados mirando
el agüita, definitivamente mucho más allá del agua, más allá del reflejo de dos
cabecitas asomándose al vacío justamente con las posibles historias que alguien
con un poco de imaginación podría contarse. Ahí va otra imagen, ahora es
alguien desconocido, alguien que camina sin decir nada a nadie por una calle
vista hace un tiempo, definitivamente nadie sabe qué tiempo, ni yo que intento
narrar esto que veo. Y ande señor ¿está bien? ¿Un poco de agua? Estiro la mano
e intento arrancarle el papelito, definitivamente no podría quitárselo, pero
ahí viene entre unas huellas imborrables e invisibles, pasa por el café donde
trabaja Mora y la saluda con sus cinco dedos, cada vez se estira más, se
convierte en algo más allá de un saludo o alguien que camina sin apuros con un
cordón del teni desamarrado o el cigarro sin encender en la boca, y de repente
ahí, se agacha, toma el papelito y no se mueve. Me alejo, y el papelito cae al
charco que le mordía la persona a la sombra que viene llegando.
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