martes, 11 de junio de 2013

Sombra


Siempre llega mi mano
más tarde que otra mano que se mezcla a la mía
y forman una mano.
Oliverio Girondo


Una persona se encuentra un papelito en la calle y lo levanta. Después de posarlo en su mano y dudar abrirlo, lo abre. Un pequeño parpadeo que no le hizo quitar los ojos del papelito nos llevo del árbol a la luna, de la banquita azul donde a veces se sientan dos ancianos y comen pan dulce con helado a la casa de su última vecina. Otro pequeño parpadeo y ahí los niños y los regaños de mamá Betina, el escupitajo en el cristal del coche del Tío Berng cuando Tío José descarga su enojo porque alguien desparramó las hojitas de otoño que había apilado. Otro parpadeo ahora, una cama vacía llena de lodo y buenos recuerdos, dos danzando con una música ligera que apenas les llenaba hasta el codo con la copita de ron y los dos anillos en el aire. Después la pregunta si todo está bien, definitivamente nada está bien, mirarlo y pedirle que se siente, definitivamente no puede sentarse. Ahí va una tortuga con el caparazón roto, llorando porque desbarató un poco más que su propia casa. El mar a espaldas de Lucía con su cerveza de raíz en la mano y los bonitos aretes rojos que nadie, porque así le decía a su novio cuando mamá le preguntaba a la hora de la cena y todos más callados estaban, y nadie por aquí, y nadie me llevará al cine, pero iremos a ver a nadie y después regresamos, pasará por mí a las ocho. Ande señor, tome asiento, pero no entendía que no se puede, que es inevitable con todas esas imágenes fluyendo como gotas de lluvia cayendo sobre los hombros una tras otra hacía la muerte, definitivamente eso no era la muerte, sino otra señal de vida. Otro parpadeo y todo quedó en parís, siluetas largas y grandes trajes con cigarros en la mano por las calles, ahí va el Ponts de Arts con sus enamorados mirando el agüita, definitivamente mucho más allá del agua, más allá del reflejo de dos cabecitas asomándose al vacío justamente con las posibles historias que alguien con un poco de imaginación podría contarse. Ahí va otra imagen, ahora es alguien desconocido, alguien que camina sin decir nada a nadie por una calle vista hace un tiempo, definitivamente nadie sabe qué tiempo, ni yo que intento narrar esto que veo. Y ande señor ¿está bien? ¿Un poco de agua? Estiro la mano e intento arrancarle el papelito, definitivamente no podría quitárselo, pero ahí viene entre unas huellas imborrables e invisibles, pasa por el café donde trabaja Mora y la saluda con sus cinco dedos, cada vez se estira más, se convierte en algo más allá de un saludo o alguien que camina sin apuros con un cordón del teni desamarrado o el cigarro sin encender en la boca, y de repente ahí, se agacha, toma el papelito y no se mueve. Me alejo, y el papelito cae al charco que le mordía la persona a la sombra que viene llegando.



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