lunes, 5 de agosto de 2013

Porque sí


Yo te quiero lunas y soles 
amaneceres y trasnoches 
estoy aquí desnudo de alma 
de espacio 
estos brazos vacíos te llaman al tacto 
al suave encuentro de tus alas y mis sueños  

Había que mirar largo y siempre, grabarse esa imagen amable, atenta, sonriente. No desesperarse con los píes bien plantados al suelo y después a la silla, con lo incómodo que es tener que parar bien oreja para escuchar lo que apenas se decía; y sobre todo los píes. A mí me tomaron de la mano y me metieron, dije, yo no sé a qué vine. Ella me miró amablemente y ya una sonrisa me tendía. Ahí el amigo y el abrazo. El saludo apenas que se transformaba en un tome asiento de prisa, comerciales, las risas, los murmullos a escondidas.

Estamos de vuelta, muchas gracias por sintonizarnos, etcétera. Preguntas por aquí, preguntas por allá y el golpe en la boca del estómago. La oportunidad de hablar, ahora, y uno a tientas para no decir otras cosas, ese miedo a decir lo que no iba por ahora. Deja la poesía, me dije, deja la poesía. Y la poesía se echó a correr por detrás de la silla, bajó por mis manos, por mi sangre, tocó la alfombra y me sonrío triunfante, allá nos vemos, lejos, me dijo, y yo no sabía que hacer ni siquiera podía calmarme.
Y ahora cuéntanos un poco más, etcétera. Y la poesía corría por toda la mesa y después al hombro del compañero y al micrófono, y yo te quiero lunas y soles, amaneceres y trasnoches, y yo que no sabía cómo callarme porque no era yo, y todos rieron y ella con ellos, pero yo no quería, dije, yo no quería. Me quedé mudo, mejor que hablé él, me dije. Y te miré, te miré y sonreí, lo recuerdo, más que sonreírte te dije, sé muy bien que te lo dije, que estoy aquí, y tu mano en mi mano e irnos, perdernos, no hallarnos en otro lado sino en nosotros, sé que lo dije aunque me haya quedado mudo al sonreírte.
Y bueno, qué planes tienen ahora, etcétera. Y la poesía ya le acariciaba la mano de arriba abajo y yo nomas ahí mirando, sintiendo apenas; era un rose de brisa, de apenas un pétalo cayendo delicadamente entre el pasto, la poesía recitando en su oreja palabras que no comprendía, atrás, amiga, atrás, yo pensando. Me encantas, decía. El silencio cada vez más profundo, ella cada vez más sonriente, él dejando que las respuestas corrieran como agua entre el aire, los demás atentos, serios, amables. Le interesa esa sonrisa y sus futuros, me lo dijo mientras yo tus cabellos enredaba, mientras me perdía (ya sabes lo que te digo) ¿Cómo volver si uno no quiere más que seguir hasta el fondo, no dar la vuelta, tomar su mano, seguir hasta dónde no se pueda?
Muchísimas gracias por la entrevista, etcétera. Sabíamos que nos separaríamos sin antes la despedida amable y las manos lentamente despegándose, la sonrisa larga y sincera, el hasta pronto que bien sabíamos sería en unas horas. Yo quería seguirte, quería quedarme ahí junto, no irme (y esto es siempre). ¿Por qué me llevas contigo, me dijo la poesía, por qué no me dejas con ella? Y yo no hacía más que alegrarme, alegrarme porque este encuentro no es cualquier cosa, porque está aquí para lo que sea, para enseñarnos. Ya te dije, amigo, no nos iremos, nos quedamos con ella, y regresó hasta mis manos, hasta mi sangre con su perfume de vainilla impregnado hasta las pupilas, hasta la ansiedad en los ojos y en las hojas a la hora de escribirse y recordarnos que estamos aquí y no nos vamos, esperando que ella nos encuentre y no nos vamos, que ella se encuentre y nos encuentre, no nos vamos, que ella nos quiera, nos acepte, nos deje desvivir a su lado por eso no nos vamos.



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